jueves, 21 de abril de 2011

Cómo arruinar una economía

Por Jeremy Martin para LA NACION
Parece haber comenzado oficialmente la temporada de tonterías de campaña en la Argentina. Me refiero al período en que las decisiones críticas se vuelven abiertamente políticas y se hacen con la mirada puesta en mejorar las credenciales para las elecciones. ¿La decisión del gobierno de Cristina Kirchner de incrementar su control sobre muchas compañías privadas clave es simplemente una táctica de campaña o, más bien, parte de una marcha preocupante y continua hacia un sistema estatista?

El anuncio de mayor control sobre directorios corporativos parece otro paso en el camino de la Presidenta hacia el alineamiento de intereses: la jugada le cae bien a un bloque importante de votantes que debe tener de su parte. Y, por otro lado, la medida no debe tomarse como una sorpresa, sino, más bien, como la consumación del plan de nacionalización de los fondos de pensión que comenzó en 2008.

Lamentablemente, el aumento del estatismo se corresponde con una menor transparencia y más corrupción. El análisis de Transparencia Internacional de 2010 atestiguó a una caída de la Argentina al lugar 105 entre 178 naciones; en América latina, sólo Paraguay, Ecuador y Venezuela califican por debajo de la Argentina. Al mismo tiempo, el análisis de "Hacer negocios", del Banco Mundial, ubica a la Argentina 115a. entre 183 economías en el nivel global.

Quizás en ningún lugar se refleje mejor la falta de transparencia -y el intervencionismo del gobierno kirchnerista- como en las acusaciones de manipulación de estadísticas nacionales. Existen contundentes evidencias de que el Gobierno ha falsificado continua y persistentemente las estadísticas de inflación y los índices de pobreza, para dar cifras groseramente disminuidas.

En lugar de aceptar la evidencia fiscal de los errores de sus políticas, el Gobierno ha dibujado las cuentas. Economistas independientes señalan que la inflación fue en 2010 de entre 25 y 30 por ciento, mucho peor que el 11 por ciento que indican las estadísticas oficiales.

Con la inflación en espiral ascendente, docenas de casos de arbitraje internacional pendientes, las cuestiones de la deuda con el Club de París sin resolver y lejos de una solución final, entre otras manchas, la capacidad de la Argentina de atraer inversión privada no necesitaba más impedimentos. Inversores en mercados emergentes han ubicado últimamente a la Argentina cerca de o en el fondo del ranking de los destinos de desembolsos posibles. Ahora, con los anuncios de la semana pasada, esa posición parece asegurada por un tiempo.

Aquí estamos. La demonización del sector privado, del FMI y de los preceptos "neoliberales", los blancos fáciles y confiables de los dos gobiernos de los Kirchner, ha llevado ahora a una jugada mucho más directa no sólo en el sentido de confrontar con firmas privadas, sino realmente controlar sus decisiones e inversiones.

Más allá de los enemigos mal elegidos en los últimos tiempos, lo que comenzó como un esfuerzo muy necesario para la recuperación del país plantó las semillas que se cosechan hoy: fuerte intervención del Gobierno en la economía y un marco polarizado entre gran parte del sector privado del país y la Casa Rosada.

Las acciones que, en 2003 y 2004, buscaban apuntalar una nación en quiebra e incluyeron una gran dosis de malestar en la industria privada pusieron al país en un camino ininterrumpido hacia un sistema estatista que será extremadamente difícil de desandar, aunque Cristina Kirchner no obtenga un segundo período.

Han sido casi dos años desde que The Wall Street Journal señaló a la Argentina como "un modelo de cómo arruinar una economía". Veamos cómo las últimas noticias desde Buenos Aires se desarrollan entre estos días y octubre. Pero quizá se requiera actualizar el análisis: "Cómo arruinar una economía, pero ganar una reelección".

El autor es director del Instituto de las Américas, de EE.UU.
Traducción de Gabriel Zadunaisky
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