sábado, 23 de abril de 2011

El modelo K se opone al desarrollismo

Por Rogelio Frigerio (N.) // E&R para el diario Perfil

El modelo adoptado a la salida de la convertibilidad aspira a ser, al menos en el discurso de buena parte de sus defensores, la continuidad de las políticas adoptadas en nuestro país entre 1958 y 1962, durante el gobierno de Arturo Frondizi. En este sentido, en la apertura de las últimas sesiones legislativas y refiriéndose al crecimiento industrial durante el “modelo K”, la Presidenta aseguró que en los últimos años el país dio un salto cualitativo hacia el desarrollo económico. Precisamente, la teoría desarrollista plantea, en esencia, la necesidad de un cambio cualitativo de la estructura económica del país como condición indispensable para superar el subdesarrollo.

Intentando desentrañar este “modelo productivo”, es difícil avanzar más allá de ciertos enunciados como: priorizar el mercado interno, “luchar contra las corporaciones”, proteger la industria nacional o sostener el superávit comercial a cualquier costo. De cambio cualitativo de la estructura económica, prácticamente nada.

Para el desarrollismo no existía ninguna contradicción entre mercado interno y externo: el primero debía ser la base de la expansión industrial para asegurar el componente social del desarrollo. La expansión de las exportaciones industriales ocurriría como consecuencia de la satisfacción de la demanda doméstica, no de su postergación.

La experiencia histórica posterior lo comprobó: las inversiones industriales, que se radicaron masivamente en el país durante esos cuatro años, fueron la plataforma del gran proceso de diversificación de la estructura del comercio exterior argentino que se plasmó a comienzos de los 60. Hoy en día, muy por el contrario, el 71% de nuestras exportaciones son productos primarios y manufacturas de origen agropecuario.
En la estrategia económica diseñada por Rogelio Frigerio se priorizaban las inversiones en áreas claves como la energía, uno de los sectores que mejor explicaba el déficit de divisas y donde se observaba la mayor cantidad de recursos subutilizados. Exactamente a la inversa de lo que ocurre en el presente, en el que, por falta de inversión y previsibilidad, nos estamos por transformar nuevamente en un país importador de combustibles.

Para el desarrollismo, el objetivo principal era favorecer la inversión, no sólo por sus efectos sobre el balance de pagos sino por su impacto multiplicador en la economía interna. La inversión, orientada hacia los rubros esenciales y más reproductivos, atrae otras inversiones y expande en forma sostenida el mercado interno, generando trabajo calificado y mejorando la remuneración de los asalariados.

Los déficits del comercio exterior eran uno de los síntomas del subdesarrollo, pero nunca su origen. Muchos países de estructuras económicas atrasadas exhiben balances comerciales superavitarios: la expansión de las exportaciones en base al aprovechamiento más intensivo de los recursos naturales no es necesariamente síntoma de buena salud económica. Durante la experiencia desarrollista, el balance comercial fue en general deficitario, pero este sesgo se explicaba por la importación de equipos e insumos que requería la industrialización y más que se compensaba con la entrada de inversiones extranjeras directas, que venían a expandir la base productiva.

En estos días, con la mirada puesta únicamente en el balance de pagos, se pisan indiscriminadamente las importaciones –entre ellas, las de bienes de capital–, que venían creciendo de la mano del dólar barato. En cada una de las encrucijadas críticas que se sucedieron durante los cuatro agitados años del gobierno de Frondizi, el criterio para enfrentarlas era: ¿cuál es, entre las decisiones posibles, aquella que contribuye a hacernos más Nación? Con lucidez estratégica, Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio comprendieron el papel decisivo que debía jugar el Estado nacional en un mundo tímidamente que se comenzaba a globalizar, y en el que las grandes corporaciones multinacionales adquirían un rol cada vez más determinante.

Ese capital monopólico, indispensable para acelerar el proceso de desarrollo, tiene intereses distintos pero no necesariamente contradictorios con los de la Nación. La decisión del Estado y la fuerza política que ello acarrea son la herramienta para imponer a las corporaciones actuar en el marco del interés de la Nación, esto es, aportar a la integración social, económica y geográfica del país. 

Si en los 90 crecíamos porque en gran medida nos inundábamos de dólares prestados, ahora estamos creciendo por las divisas provenientes del azar de los precios internacionales. Pero además, como no estamos construyendo nuevas capacidades humanas y empresarias, ese ingreso de dólares también nos está llevando a una creciente polarización social.

Nuestra economía y gente se primarizan día tras día. En los vilipendiados 90, la participación de la industria en el PBI era del 17%; ahora está abajo del 16%. Por cada cien empleos que se crean, seis son para la industria y 36 para el sector público, mientras buena parte del resto de los puestos de trabajo se generan en el sector informal, en gran medida con sueldos por debajo de la línea de pobreza.

El gobierno de Frondizi aplicó, desde el primer día de gestión, el sinceramiento de las variables más relevantes: salarios, precios, tarifas y tipo de cambio. Estas debían quedar determinadas no por el arbitrio de los funcionarios de turno, sino por el funcionamiento de las leyes económicas. Sin este prerrequisito, no hubiera habido posibilidad de atraer las inversiones que sí resultaban imprescindibles para dar ese “salto cualitativo”.

Medio siglo después, y como en décadas recientes, volvemos a usar el dólar y las tarifas como ancla antiinflacionaria. Los subsidios a los servicios públicos llegan al 14% de la recaudación nacional y ya superan a los ingresos provenientes de las retenciones a las exportaciones, aportando a que nuestras cuentas fiscales, bien medidas, ya estén en rojo.
Tenemos suerte: el tipo de cambio aguanta porque Brasil, inundado de dólares de las commodities y de la liviandad monetaria de los EE.UU., nos deja algún margen de maniobra. Pero nuestra estructura industrial es tributaria del abastecimiento de la industria brasileña porque no desarrollamos perfiles más modernos, más integrados. Y nuestro déficit del comercio con Brasil crece aunque, respecto del dólar, haya un súper real.

Hemos perdido una oportunidad inédita de replicar, a favor de un marco externo que nunca fue mejor, aquel período de nuestra historia en el que sí se impulsó un audaz cambio cualitativo de la estructura económica, aún pendiente. Encarar un proceso de industrialización y de integración del país que genere empleo de calidad e incorpore a los millones de argentinos que están afuera del sistema, sumergidos en el asistencialismo y la falta de horizontes, se hace cada vez mas imperioso.
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