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jueves, 19 de abril de 2018

Antonio Gentile, el “aparecido” que diseñó la propulsión nuclear para el submarino ARA San Juan

proyecto fallido. Antonio Gentile coordinó un equipo que desarrolló un reactor de propulsión nuclear para los submarinos TR-1700.Por Mauro Federico - Ambito.com
LA VERDADERA HISTORIA DEL FÍSICO DEL BALSEIRO QUE TRABAJÓ PARA LA ARMADA EN UN PROYECTO "SECRETO"

Convocado en 1977 por la Marina para crear un reactor atómico, que nunca se llegó a fabricar, abandonó la Argentina en 1980, tras enterarse que la Dictadura quería vender las armas a Saddam Hussein.

Antonio Gentile coordinó un equipo que desarrolló un reactor de propulsión nuclear para los submarinos TR-1700.

Todas las historias tienen un lado B. Pero la de Antonio Gentile, el físico del Instituto Balseiro que durante años fue considerado como un "desaparecido" por la última Dictadura Militar y que, según se supo esta semana, vive junto a su familia en los Estados Unidos, cuenta además con un lado C, desconocido para la mayor parte de la opinión pública. Hasta ahora. 

La reconstrucción de la trama oculta de esta historia pudo efectuarse gracias al aporte de dos testigos presenciales de los hechos a punto de ser narrados por primera vez. Se trata de dos ingenieros navales especializados en el diseño de submarinos, uno de los cuales formó parte junto a Gentile de un proyecto reservado de la Armada para dotar a los submarinos de la flota naval argentina tipo TR-1700.

Corría el año 1977 cuando el por entonces titular de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), vicealmirante Carlos Castro Madero, lanzó a través del decreto 3183, su "Programa Pacífico de Desarrollo Nuclear". El plan generaba recelos entre los integrantes de las Fuerzas Armadas, que intentaban monopolizar el control del poderío atómico con una fuerte impronta bélica, contemplando las hipótesis de conflicto existentes (fundamentalmente con Chile). La gran controversia se centraba en si la Argentina debía o no aplicar el desarrollo nuclear a la construcción de la bomba, en tiempos en los que el mundo se dividía entre los países que la tenían y los que no. Castro Madero se oponía a las posiciones pro-bomba que expresaban los hombres fuertes del Ejército (Leopoldo Fortunato y de la Armada (Emilio Eduardo Massera).

Sin embargo, era consciente que el resultado de la fisión nuclear que los especialistas del Instituto Balseiro habían logrado controlar, conduciría inexorablemente a su aplicación para fines no pacíficos. Y decidió convocar a dos especialistas de su máxima confianza: uno de ellos trabajaba en el Centro Atómico Bariloche. Su nombre: Antonio Gentile. El otro era un ingeniero naval con vasta experiencia en el diseño de submarinos: Julio César Langini, cuyo testimonio es clave para reconstruir lo ocurrido. 

"Castro Madero llamó a ambos para sumarse a un proyecto que tenía que permanecer tabicado debido a razones de seguridad nacional", relató a Ámbito Financiero el ingeniero naval Jorge Bojanic, colega y amigo de Langini. El titular de la CNEA pretendía dotar de propulsión nuclear a los submarinos de la Armada, entre los que se encontraba el hoy desaparecido ARA San Juan. La combinación de ambos saberes le otorgaba a la iniciativa una excelencia pocas veces vista. Corría el año 1978 y los dos expertos debieron abandonar sus trabajos respectivos y dedicarse full life a la tarea encomendada, sin notificar a nadie sobre la misión que debían cumplir, e instalarse en el predio de los Astilleros Domecq García, controlados por la Marina, ubicados en Costanera Sur.

"Langini fue designado como Gerente del Proyecto, bajo la supervisión de la mano derecha de Castro Madero, el capitán de Fragata Alberto Terranova, encargado de la coordinación entre la CNEA y el astillero; el jefe científico del procedimiento era Gentile", detalló Bojanic. "Había que rediseñar los submarinos que habían sido adquiridos al Astillero alemán Thyssen para que entrara el módulo nuclear, y allí es donde cumplía un rol fundamental el hombre del Balseiro, porque su tarea era diseñar ese reactor que dotaría a la nave de propulsión infinita y una autonomía de más de 30 días sumergido sin salir a superficie", acotó.

Con la iniciativa en marcha, estalló el conflicto por el canal de Beagle con Chile, que puso a ambos países en pie de guerra. Esto aceleró los trabajos cuya finalización estaba prevista para principios de 1980. Durante ese lapso, Gentile fue contactado por la Fuerza Aérea, que proyectaba desarrollar el misil Cóndor II, al que preveía dotarlo de tecnología nuclear. El responsable de la Aviación, Brigadier General Omar Graffigna, pretendía que el arma triplicara el alcance en altura de su antecesor (Cóndor I) llevándolo a los 600 kilómetros. Eso inquietó a la dupla de especialistas que comenzaron a entender que sus conocimientos se aplicarían con una finalidad diferente a la que ellos suponían desde un inicio. "Y para colmo apareció en escena un representante del Astillero en el mundo árabe, quien ofreció vender otros cuatro submarinos adaptados para la propulsión atómica al régimen de Saddam Hussein, quien había asumido como presidente de Irak y se perfilaba como un potencial peligro para Occidente, con lo cual Langini y Gentile terminaron de espantarse y huyeron", finalizó Bojanic. Conscientes de que abandonar sus tareas podía ocasionar consecuencias no deseadas para sus familias, ambos decidieron escaparse rumbo a los Estados Unidos.

viernes, 6 de abril de 2018

Israel es una superpotencia gracias a las armas nucleares. Así es como los consiguieron.

Por Zachary Keck - The National Interest - Traducción Desarrollo y Defensa


Feinberg fue uno de los diecisiete millonarios que formaban el Sonneborn Institute. En 1958, Feinberg recurrió a muchos de los mismos miembros del Sonneborn Institute, así como a muchos otros líderes judíos en América del Norte y Europa, para recaudar dinero para el proyecto nuclear de Dimona después del llamamiento de Ben-Gurion en 1958. Era ampliamente exitoso: nuevamente, según Karpin, "la campaña secreta de recaudación de fondos comenzó a fines de 1958, y continuó durante dos años. Unos veinticinco millonarios aportaron un total de alrededor de $40 millones de dólares ".

Aunque Israel no lo reconoce oficialmente, se entiende que el país  posee un  arsenal de armas nucleares ( aunque el número exacto de ojivas nucleares está en disputa ). Igualmente se entiende que los Estados Unidos se opusieron al programa de armas nucleares de Israel durante el gobierno de John F. Kennedy y, en menor medida, las administraciones de Lyndon B. Johnson. Una parte de la historia que es menos conocida es que gran parte del financiamiento para el programa de armas nucleares de Israel provino de estadounidenses privados en un esfuerzo que fue encabezado por Abraham Feinberg, un prominente estadounidense que sirvió como asesor no oficial del presidente Kennedy y Presidente Johnson.

El interés de Israel en las armas nucleares se remonta básicamente a la fundación del estado judío en 1948. El líder fundador del país, David Ben-Gurion, estaba obsesionado tanto por el Holocausto como por la incesante hostilidad que Israel enfrentaba desde sus vecinos árabes mucho más grandes. Ben-Gurion veía las armas nucleares como una opción de último recurso para garantizar la supervivencia del estado judío en caso de que sus enemigos alguna vez usaran sus poblaciones y economías mucho más grandes para construir ejércitos superiores convencionales.

El problema que Ben-Gurion y sus asesores más cercanos enfrentaron fue que su país joven, pobre y relativamente poco sofisticado no poseía los recursos tecnológicos y materiales necesarios para apoyar un programa indígena de armas nucleares. La mejor esperanza de Israel para adquirir armas nucleares vino de encontrar un patrón extranjero. Afortunadamente para Israel, las circunstancias contemporáneas crearon las condiciones para que obtuviera este apoyo.

Específicamente, a mediados de la década de 1950, el control de Francia sobre Argelia -que consideraba parte de Francia y no solo de otra colonia- fue cada vez más cuestionado por una insurgencia nacional que estaba recibiendo apoyo sustancial del líder egipcio Gamal Abdel Nasser. París respondió obteniendo la ayuda de Israel para proporcionar información de inteligencia sobre la situación argelina a cambio del armamento convencional francés. La oportunidad de transformar esto en cooperación nuclear se presentó en 1956 cuando París pidió a Israel que proporcionara a Francia y Gran Bretaña un pretexto para intervenir militarmente en lo que se convirtió en la crisis del Canal de Suez.

Resultado de imagen para reactor de Dimona.Ben-Gurion tenía grandes reservas sobre la participación de Israel en el plan. Estos fueron superados cuando Francia aceptó proporcionar a Israel un pequeño reactor de investigación similar al reactor EL-3 que Francia había construido en Saclay. Por supuesto, la invasión de Suez salió mal y con los Estados Unidos y la Unión Soviética amenazando a Israel, Francia y Gran Bretaña de diferentes maneras para lograr que se retiraran. Francia no pudo proteger a Israel de las amenazas de las superpotencias. Sin embargo, antes de acordar retirarse, Israel exigió que París endulzara la cooperación nuclear. Francia acordó proporcionar a Israel un reactor mucho más grande que produce plutonio en Dimona, uranio natural para alimentar el reactor y una planta de reprocesamiento, básicamente todo lo que Israel necesitaría para usar la planta para producir plutonio para una bomba a excepción de agua pesada.

Este fue un golpe importante: ningún país antes o después ha proporcionado a otro estado una cantidad tan grande de tecnología necesaria para construir una bomba nuclear. Aún así, fue solo la mitad de la batalla. Ben-Gurion aún tenía que aportar los fondos necesarios para pagar el acuerdo nuclear de Francia. No se sabe cuánto costaron construir las instalaciones nucleares de Dimona, pero es probable que Israel haya pagado a Francia al menos 80 a 100 millones en dólares de 1960. Esa fue una enorme cantidad de dinero para Israel en ese momento. Además, a Ben-Gurion le preocupaba que si desviaba fondos de defensa para el proyecto nuclear, invitara a la oposición de los militares, que estaba luchando por desplegar un ejército convencional que pudiera derrotar a los enemigos árabes de Israel.

En cambio, el primer ministro israelí decidió crear un fondo privado para financiar el acuerdo con Francia. Como documenta Michael Karpin en su excelente historia del programa nuclear de Israel, Ben-Gurion dirigió a su personal simplemente para "llamar a Abe", refiriéndose a Abe Feinberg. Feinberg era un prominente empresario de Nueva York, filántropo y líder judío estadounidense con estrechos vínculos con el Partido Demócrata. Antes de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, Feinberg había recaudado dinero para ayudar a los judíos europeos a emigrar a Palestina. Después de que la guerra terminó, él, como Ben-Gurion, fue a Europa para ver los campos de concentración del Holocausto. También ayudó a contrabandear sobrevivientes del Holocausto a Palestina en un momento en que los británicos habían creado bloqueos para evitar la inmigración ilegal de judíos. Durante este tiempo, forjó lazos duraderos con muchos de los hombres que más tarde se convertirían en líderes principales del estado de Israel. Al regresar a los Estados Unidos, ayudó a presionar al presidente Harry Truman para que reconociera al estado judío una vez que declarara su independencia. 

Por lo tanto, era natural que en octubre de 1958 Ben-Gurion recurriera a Feinberg para ayudar a recaudar los fondos necesarios para el trato con Dimona. De hecho, esta no era la primera vez que Ben-Gurion recurría a los líderes judíos estadounidenses para recaudar dinero para las causas de Israel. Previendo que pronto habría una guerra de independencia, Ben-Gurion fue a Nueva York en 1945 para recaudar fondos para comprar armamentos para los judíos en Palestina. Esta misión fue un éxito. Según Karpin: "En los documentos secretos del estado-en-la-creación los diecisiete millonarios estadounidenses recibieron el nombre en clave 'The Sonneborn Institute', en honor a su anfitrión. En los próximos años, sus miembros contribuirían millones de dólares para comprar municiones, maquinaria, equipo de hospital y medicinas, y barcos para transportar refugiados "a Palestina".

En 1958, Feinberg recurrió a muchos de los mismos miembros del Sonneborn Institute, así como a muchos otros líderes judíos en América del Norte y Europa, para recaudar dinero para el proyecto nuclear de Dimona después del llamamiento de Ben-Gurion en 1958. Fue ampliamente exitoso: nuevamente, según Karpin, "la campaña secreta de recaudación de fondos comenzó a fines de 1958, y continuó durante dos años. Unos veinticinco millonarios aportaron un total de alrededor de $ 40 millones de dólares ".

¿Qué tan importante fue la misión de Feinberg para el éxito del proyecto nuclear israelí? De acuerdo con Karpin: Si Ben-Gurion no hubiera estado seguro de que Feinberg podría reunir los millones necesarios para el proyecto de la comunidad judía mundial, es dudoso que hubiera emprendido el trato con Francia. Israel de los años 50 y 60 nunca podría haber pagado por la tecnología avanzada, erigido el reactor Dimona y construido un elemento disuasivo nuclear con sus propios recursos.

Sin embargo, este no fue el final de la participación de Feinberg en las relaciones entre EE.UU. e Israel. De hecho, después de que los demócratas retomaron la Casa Blanca en las elecciones de 1960, Feinberg se convirtió en asesor no oficial de JFK y LBJ. Por ejemplo, en 1961, Feinberg  dirigió el esfuerzo  por persuadir a Ben-Gurion para que permitiera las inspecciones estadounidenses del reactor de Dimona.

miércoles, 4 de abril de 2018

El agente de inteligencia naval que mandaron a morir al mar

Por Mauro Federico - Subdirector periodístico Ámbito Financiero
La historia del cabo principal Enrique Damián Castillo evidencia el nivel de improvisación de la Armada. Un documento confidencial revela la temeraria misión encomendada al ARA San Juan antes de su desaparición.
Inexperto. Al cabo principal Enrique Castillo (primero a la izquierda) lo enviaron a una misión muy riesgosa sin la debida preparación. Como a otros tripulantes del ARA San Juan, en la última travesía le asignaron una cucheta improvisada debajo de los torpedos del submarino.
Inexperto. Al cabo principal Enrique Castillo (primero a la izquierda) lo enviaron a una misión muy riesgosa sin la debida preparación. Como a otros tripulantes del ARA San Juan, en la última travesía le asignaron una cucheta improvisada debajo de los torpedos del submarino.

"Oreja de goma" les dicen en la Marina a los agentes que reportan al servicio de inteligencia naval. La tarea del cabo principal de la Armada Argentina Enrique Damián Castillo lo había condenado a portar ese incómodo apodo, pero nada opacaba su orgullo por ser parte integrante de la fuerza a la que había ingresado en febrero de 2004, con apenas 22 años. Desde el pasado 15 de noviembre, Castillo es uno de los 44 tripulantes del submarino ARA San Juan desaparecido en el Mar Argentino mientras efectuaba una derrota aún indeterminada entre el austral Puerto de Ushuaia y la base naval de Mar del Plata. Sin embargo, no era un tripulante más. 

El suboficial era el único miembro de la tripulación que no contaba con la debida preparación para efectuar una misión submarina, ya que fue convocado "de apuro" con un mandato específico de sus superiores: realizar tareas de inteligencia para establecer la localización e identificación de buques que pudieran encontrarse violando normativas internacionales en aguas argentinas. "No sabía ni siquiera colocarse el traje de escape especial que utilizan los submarinistas, lo mandaron a una muerte segura", sostuvo uno de los letrados patrocinantes de su familia en diálogo con Ámbito Financiero. En ese sentido, los abogados analizan la posibilidad de demandar al Estado por "homicidio culposo", ya que -entienden- a Castillo "le encomendaron una tarea para la que claramente no se encontraba preparado". Y es sabido que en la organización militar, un subordinado no puede negarse a cumplir con las órdenes que imparte la superioridad.

Confidencial. Documentos secretos de la Armada fechados en octubre de 2017 dejan constancia de la misión encomendada al submarino ARA San Juan durante su derrota entre el puerto de Ushuaia y la base naval de Mar del Plata: localizar e identificar buques que incumplieran con las leyes, bajo un protocolo de "elevada alerta".

Top secret

Dos documentos "confidenciales" de la Armada Argentina fechados el 8 de octubre de 2017, que llevan la firma del jefe del Estado Mayor del comando de submarinos, capitán de navío Héctor Aníbal Alonso, a los que este diario accedió en exclusiva, confirman lo que públicamente la fuerza negó primero y ocultó después, incluso al ministro de Defensa, Oscar Aguad: que el ARA San Juan se encontraba cumpliendo tareas de "localización e identificación" de naves que pudieran encontrarse en la zona patrullada, bajo un estricto protocolo a implementarse con un "elevado estado de alerta". Así consta en las "órdenes de operaciones del comando de la fuerza de submarinos número 4/17 C", en las que se explicitan los objetivos de la operación: "Aumentar los niveles de adiestramiento específico del ARA San Juan e incrementar el nivel de adiestramiento integrado mediante la ejecución de un ejercicio de ataque submarino a un núcleo cortinado" y "contribuir al control del mar mediante la ejecución de operaciones de vigilancia y control". Entre las instrucciones específicas, las órdenes no dejan lugar a dudas sobre el objetivo principal de la misión: "Detectar e identificar objetivos tales como buques frigoríficos, logísticos, petroleros, de investigación, pesqueros y registrar su actividad durante los diez días que durará la misión".
Falta de experiencia

Un viejo dicho de la Marina sostiene que la fuerza se divide entre submarinistas y el resto. El perfil de estos particulares soldados del mar debe ser especial en cuanto a su temple, preparación psicológica para el ámbito cerrado, pequeño y de convivencia. No se trata de un oficio sencillo. Requiere de entrenamientos muy específicos, como por ejemplo el requerido para los casos de escape. Esa práctica se efectúa periódicamente porque requiere de mucha precisión y destreza. Según testimonios que obran en la causa investigada por el juzgado federal de Caleta Olivia, "si un tripulante no fuera submarinista -como el caso de Castillo, que era personal de Inteligencia-, se les realiza un adiestramiento previo muy intensivo que el cabo principal NO TUVO". De acuerdo con el relato suministrado por varios testigos, el suboficial que permanece desaparecido junto a los otros 43 tripulantes del ARA San Juan "ni siquiera sabía colocarse el traje especial que se utiliza en caso de emergencia, que tiene un sistema especial de presurización que le permite salir a flote". El último simulacro de escape que hicieron los tripulantes del submarino de cuyo paradero nada se sabe desde el 15 de noviembre de 2017 fue a mediados de 2016, con la división de buzos tácticos de la Armada.

Tras evaluar la información obrante en la causa, los abogados de familiares de los tripulantes del submarino sostuvieron que la Armada "ocultó pruebas y distrajo la investigación" y solicitaron a la Justicia que investigue por "falso testimonio" a varios testigos e impute de manera directa a la fuerza por "negligencia en la puesta en marcha del protocolo de búsqueda" y "encubrimiento" de las verdaderas razones de la desaparición. "Estamos convencidos de que algo huele mal en la Armada", sostuvo Valeria Carreras, quien junto con Fernando Burlando patrocina a esposas e hijos de casi un tercio de los tripulantes de la nave desaparecida.

domingo, 1 de abril de 2018

Guerra de Malvinas: admiten que hubo planes del Reino Unido para atacar el continente

Guerra de las Malvinas 1982(Perfil.com) - Un veterano británico reconoció que "sin ninguna duda" estaban en "riesgo" quienes se desempeñaron en bases militares de la Patagonia durante el conflicto.

Guerra de las Malvinas 1982 Guerra de las Malvinas 1982 Foto:Cedoc 

Un veterano británico de la guerra de Malvinas reconoció la existencia de planes durante 1982 por parte del Reino Unido para llevar adelante incursiones armadas en el continente, en zonas del litoral marítimo patagónico.

Se trata de Edward Denmark, integrante del 12° Regimiento Real de Artillería Antiaérea de la Task Force, quien se contactó a través de una carta con el ex miembro de la Fuerza Aérea Sur Julio Herrera Vidal y le aseguró que "sin ninguna duda" estaban en "riesgo" quienes se desempeñaron en bases militares de la Patagonia durante el litigio.

En declaraciones a la agencia Noticias Argentinas, Herrera Vidal explicó que "eran seis las bases en el sur argentino: "Trelew, Comodoro Rivadavia, San Julián, Santa Cruz, Río Gallegos y Río Grande desde donde salieron los golpes que demolieron a la marina británica" durante la guerra, todas ellas en el ámbito del Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (TOAS).

Según trascendió, Denmark planearía junto con un grupo de ex colegas británicos elevar un petitorio al Parlamento de su país para que intervenga ante el Gobierno argentino, con el fin de reconocer como ex combatientes y veteranos de Malvinas a todos los soldados que cumplieron órdenes de guerra en bases militares patagónicas, incluyendo a Tierra del Fuergo, durante la contienda de 1982.

El objetivo sería lograr que ese cuerpo legislativo interceda ante el Gobierno argentino para que todos los soldados que cumplieron órdenes de guerra en el continente sean reconocidos formalmente como veteranos de Malvinas: "Porque dice que es una injusticia lo que están haciendo con nosotros", señaló el argentino, sobre los planes del británico.

"Se está desclasificando todo y gracias a Dios se va a hacer justicia. Hubo muchos ataques en el continente. De hecho, el 23 de mayo de 1982 a las 19:00 entramos en combate aéreo con un avión que no se identificó. Fue en la base aérea militar Santa Cruz, ubicada al sur de (Puerto) San Julián", sostuvo Herrera Vidal.

Respecto de la misiva enviada por Denmark, reveló: "Me mandó una carta certificada por un escribano de Liverpool. Cuando la fui a buscar al correo me tomé un día más y lo hice con un escribano público que protocolarizó todo. Luego la mandé a una traductora pública de La Plata y de ahí la envié" al Colegio Público de Traductores e Intérpretes, a los efectos de proceder con su legalización.

En esa carta, el británico admite que existieron incursiones armadas británicas en el continente durante la guerra de Malvinas, como sostienen desde hace años los integrantes de la Asociación Civil Campamento TOAS Plaza de Mayo: "Todos nosotros operamos en áreas consideradas de riesgo de combate", enfatizó al respecto Tulio Fraboschi, presidente de ese organismo.

La ayuda secreta de Perú durante la guerra de Malvinas

(FM Soledad 885)
Por Andres Gomez de la Torre Rotta
La participación peruana durante el conflicto por las islas Malvinas en 1982 entre la Argentina y el Reino Unido merece ser analizada desde una perspectiva histórica.

Son tres los ejes indispensables para analizar y desbrozar la postura y los lineamientos asumidos por el gobierno del Perú de aquel momento, ante la existencia de una imprevista guerra geográficamente cercana. Anotamos que el país estaba conducido entonces por el gobierno constitucional del arquitecto Fernando Belaúnde Terry, perteneciente al tradicional partido centrista Acción Popular.

En los años 70, primaban en la Región las dictaduras militares donde existían complejas herencias de conflictos territoriales irresueltos. Evidentes eran los cabos sueltos en la poco clara definición jurídica de algunas de las fronteras. Un ejemplo de ello fue la guerra entre Ecuador y Perú de 1941, tras la cual ambos tuvieron la posibilidad de elegir un país garante en la firma del Protocolo de Paz, Amistad y Límites de Río de Janeiro de 1942 que puso fin al conflicto, además de los garantes principales: EE. UU. y Brasil, por sus posiciones de hegemón hemisférico y subcontinental, respectivamente. Ecuador mostró simpatía y propensión por Chile, en tanto que Perú hizo lo propio con Argentina.

La década del 70 estuvo plagada de situaciones de tensión, como la crisis del canal de Beagle en 1978; la inminente efemérides del centenario de la guerra del Pacífico que enfrentó a Perú y Bolivia contra Chile (1879-1881); los reclamos bolivianos de salida al mar por el océano Pacífico y el desconocimiento ecuatoriano de un tramo de la frontera con Perú.

Esa fue la moneda corriente de las relaciones internacionales intrarregionales, con el agravante de que la expansión de gobiernos militares produjo un fuerte aumento del gasto militar sudamericano.
En los inicios de la crisis del Beagle, en 1978, hubo una intensa interacción y contacto entre los cancilleres del Perú, José de la Puente y Rabdill, y de la Argentina, César Guzzetti, quienes habrían analizando la posibilidad de su “trilateralización” en el contexto de una escalada con consecuencias bélicas bilaterales argentino-chilenas.

Eran tiempos en los que los gobiernos militares abundaban en el vecindario: Videla en Argentina, Pinochet en Chile, Bánzer en Bolivia, Morales Bermúdez en Perú y Alfredo Poveda presidiendo la Junta Militar en Ecuador. Todo ello, en pleno auge de las doctrinas de seguridad nacional. Hubo al respecto mucha “diplomacia militar” en la trama, con ministros de Relaciones Exteriores procedentes de las FF. AA., como en Chile y Argentina, y una creciente actividad de espionaje recíproco e intercambios de información, agravada por las notorias y masivas compras de armas, además de una figura como la del entonces embajador argentino en Lima, el almirante Luis Sánchez Moreno.

La diplomacia de Belaúnde

En 1982, ejercía en la Secretaría General de las Naciones Unidas un diplomático peruano de carrera: el embajador Javier Pérez de Cuellar, quien en todo momento guardó los obvios equilibrios inherentes a su cargo sin dejar de custodiar el patrimonio que significaba la defensa de los intereses latinoamericanos y coadyuvó a una salida mutuamente satisfactoria para las partes en conflicto.

En abril de 1982, el mandatario peruano Fernando Belaúnde Terry asumió un papel protagónico, dada su cercanía con EE. UU., y articuló una diplomacia presidencial que incluyó una interlocución válida con Washington para esos tiempos de guerra. Belaúnde había hecho su carrera en la Universidad de Texas y se exilió en Argentina y EE. UU. luego de haberse producido el golpe de Estado de 1968, que puso fin a su primer gobierno (1963-1968).

Fue un demócrata típico de la era de la Alianza para el Progreso de Kennedy, un “liberal”, según el léxico norteamericano, que pretendía estrechar relaciones con EE. UU. Pese a su distancia de los halcones hard line republicanos de la era Reagan y del neoliberalismo conservador de Margaret Thatcher, Belaúnde se convertiría en una “bisagra” respecto de los actores involucrados en 1982.

Sus esfuerzos durante las conversaciones con el secretario de Estado, Alexander Haig, deben ser entendidos en el contexto de la búsqueda de una salida que fuera lo más realista y lo menos costosa posible para la Argentina.
El comandante en Jefe de la FAP en funciones, general Hernán Boluarte Ponce de León (derecha), artìfice del apoyo aéreo peruano a la FAA, y el entonces Mayor de la FAP Aurelio Crovetto Yánez (izquierda). Foto: Gentileza Andrés Gómez de la Torre Rotta.
El comandante en Jefe de la FAP en funciones, general Hernán Boluarte Ponce de León (derecha), artìfice del apoyo aéreo peruano a la FAA, y el entonces Mayor de la FAP Aurelio Crovetto Yánez (izquierda). Foto: Gentileza Andrés Gómez de la Torre Rotta.

Lo paradójico fue que Belaúnde, un político civil neto, conversara con militares de línea dura, como Haig y Galtieri, ubicados en sus antípodas. Lo cierto es que Perú habría seguido jugando un rol activo muy importante en un hipotético escenario de posconflicto, con separación de ambas fuerzas militares en Malvinas y un régimen de administración temporal. También fue importante e intensa la labor desplegada por la Cancillería peruana ante la OEA en Washington para apuntalar las gestiones multilaterales llevadas a cabo por el canciller argentino Nicanor Costa Méndez.

Nunca fue secreta la existencia de estrechas relaciones institucionales en el nivel militar entre las tres ramas castrenses del Perú y la Argentina, especialmente en las décadas del 60 y del 70. Ambos países coincidieron y estandarizaron sus proveedores militares y sus políticas de adquisición de armas.

También influyó la coincidencia de los intensos contactos interpersonales, producto, entre otros aspectos, de la existencia de muchos oficiales peruanos graduados en centros de formación militar de Argentina. Con anterioridad, a fines de los años 70, hubo contactos permanentes entre los jefes de ambos ejércitos, particularmente entre Pedro Richter Prada y Leopoldo Galtieri.

Nunca fue secreta la existencia de estrechas relaciones institucionales en el nivel militar entre las tres ramas castrenses del Perú y la Argentina

Más intensa aún fue la cercanía entre los máximos jerarcas de la Fuerza Aérea: el general Dante Poggi visitó Buenos Aires en 1977 y, con posterioridad, el general Hernán Boluarte visitó Buenos Aires y labró una óptima relación con su par Omar Rubens Graffigna.

En setiembre de 1981, luego del breve incidente militar peruano-ecuatoriano en la frontera bilateral, aviones A-37B Dragonfly del Grupo 7 de la Fuerza Aérea Peruana (FAP) que participaron en ese conflicto se desplazaron a la IV Brigada Aérea de Mendoza para realizar ejercicios de recarga aérea con aviones KC-130 y ejercicios de combate disimilares con A-4 Skyhawk. Podemos hacer una doble lectura de este acontecimiento, pues la Fuerza Aéra Chilena disponía, como la FAP, de una cantidad apreciable de A-37 y había interés argentino en conocer detalles de tal aeronave.

El aporte peruano

Iniciado el conflicto de Malvinas en abril de 1982, hubo solicitudes y requerimientos específicos desde Buenos Aires para atender las demandas logísticas de Argentina. Figuras centrales de estos aprestos serían por la parte peruana el ministro de Aeronáutica, general José Gagliardi, y el Jefe de la FAP, Hernán Boluarte.

El apoyo y adhesión del Presidente Belaúnde a tales necesidades fue total y sin titubeos. Los mandos aéreos peruanos analizarían la situación al detalle y solo establecerían dos cortapisas para su apoyo: no transferir el abundante material soviético, en concreto los aviones de combate Sukhoi, para no hacer visible y en extremo evidente la participación peruana en las operaciones militares.

Se decidió, como más realista y discreta, la opción de enviar los Mirage 5 y sus sistemas de armas, como misiles Nord AS-30 aire-superficie. Todo indica que habrían sido diez aviones de la flota de 32 existentes en el Grupo 6 de Chiclayo, al norte de Lima.

La figura fundamental en la etapa de transferencia de los aviones fue el mayor Aurelio Crovetto Yáñez, quien lideró el recibimiento del silente vuelo de los aviones en la ruta La Joya-Jujuy-Tandil por espacio aéreo de Bolivia. Crovetto se quedaría en Argentina hasta finalizado el conflicto, como una suerte de apoyo técnico a sus pares de la Fuerza Aérea.

Sin embargo, el apoyo peruano no se circunscribió solo a lo apenas descripto. Los aviones de transporte peruanos DC-8 realizarían vuelos Lima-Tel Aviv-Lima-Buenos Aires para trasladar material necesario ante la urgencia que ameritaba la situación, en tanto que otros equipos fueron trasladados de forma directa desde Perú por aviones Hércules, en un contexto en que este país también sufriría algunos efectos militares de su toma de posición.
Pilotos de combate peruanos y argentinos, en septiembre de 1981, en la IV Brigada Aérea, Mendoza, Argentina. Foto: Gentileza Gómez de la Torre Rotta.
Pilotos de combate peruanos y argentinos, en septiembre de 1981, en la IV Brigada Aérea, Mendoza, Argentina. Foto: Gentileza Gómez de la Torre Rotta.

De hecho, en 1982, un embarque de misiles Exocet MM-38, destinado a las corbetas peruanas PR-72, fue extraña e inusualmente “retenido”, pero no embargado, en puertos franceses, debido a la suspicacia subyacente de que podría ser “tercerizado” a la Armada Argentina.

Resumir la participación del Perú en el conflicto de 1982 significa adentrarnos en aspectos y lazos históricos que existen desde la independencia entre ambas naciones. Un dato basta para ilustrarlo: el Libertador José de San Martín fue el creador, el 8 de octubre de 1821, de la Marina de Guerra del Perú. Un noble y patricio ciudadano de nacionalidad argentina, Roque Sáenz Peña, peleó del lado del Ejército del Perú en la Guerra del Pacífico contra Chile (1879-1883).

Sin embargo, la lógica que rodea la posición peruana en la guerra de 1982 no solamente está impregnada de esa condición histórica y emotiva de solidaridad latinoamericana, pues tiene otras características y aristas colaterales, no menos importantes y desdeñables, entre ellas la especial situación geopolítica, estratégica, política y militar existente por esos tiempos en el área subregional andina, y de sus conflictos de poder a partir de la competencia entre gobiernos militares. Es decir, todo ello se dio en el contexto de la disputa por el equilibrio de fuerzas y la supremacía en nuestro subcontinente.

*El autor es investigador peruano, especialista en Seguridad, Defensa e Inteligencia. La versión original de esta nota fue publicada en la revista DEF N.° 120

Fuente: http://fmsoledad885.com.ar/web/la-ayuda-secreta-de-peru-durante-la-guerra-de-malvinas/
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